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El Crimen del Huéznar

02/06/2014

 Esta edición la Noche del Terror se basa en el relato el "El Crimen del Huéznar" de Manuel Sánchez Chamorro. Aquí tenéis el texto que da pie a esta edición:

 

 

EL CRIMEN DEL HUÉZNAR

Mire usted, don Federico, por aquel tiempo, cuando lo del Crimen del Huéznar, cuando apareció aquella tarde la niña Isidora a la orilla de la ribera, muerta y con las tripas al aire, mi abuelo y yo solíamos andar haciendo el cordel de los caminos y los pueblos de la parte norte de Sevilla, el abuelo componía romances de los afamados y horrorosos crímenes de las provincias cercanas, y se ganaba unos reales recitándolos. El abuelo se llamaba Sebastián Cumbreño González, y un servidor, como usted sabe, también se llama Sebastián Cumbreño, para servir a Dios y a usted, pero mi segundo apellido es Ballesteros, por el de mi madre.

Éramos muy pobres, vivíamos en un mal caserón hecho de adobes y cubierto de retamas y de paja seca, no muy lejos de la ribera del Huéznar.

En mis andanzas con el abuelo tuve la ocasión de conocer a algunos curanderos... Yo me curé de unas verrugas que me salieron por aquella época gracias a un sanador al que llamaban tío Juan el de los Lunes,a mí no me gustó cuando lo ví, era largo como un día sin pan y más flaco que un alambre, parecía que se había escapado de un camposanto; la cara color del vinagre, unos ojos chicos, relucientes y oscuros, como pizarrosos, que miraban siempre atravesados, y cuyo brillar daba escalofríos. Vestía completamente de negro y llevaba siempre en la mano una vara larga y flexible que me parece que era de avellano. Me preguntó que cuantas verrugas me habián salido y yo le contesté con los ojos bajos, sin atreverme a mirarlo. El tío Juan se quedó mirándome, mientras rumiaba algo así como gorigori o rezos solemnes y aburridos de iglesia. Entonces me dijo “Niño, voy a darte once garbanzos negros, uno por cada verrugas, que deberás tirar en el pozo con todas tus fuerzas y justo en el momento de tirar los garbanzos tienes que echar a correr para no oir el ruido al caer en el agua, si llegaras a escucharlo se rompería la magia y no se te caerán las verrugas” y así lo hice...

Muy cerca de la casa donde vivíamos, don Federico, pasaba un arroyo. En realidad era un mal regajo que en verano no llegaba ni siquiera a eso. Allí era donde mi madre lavaba nuestras escasas ropas y donde cogíamos el agua para beber y para las demás faenas. Justo en su orilla derecha, había un fresno enorme y frondoso, que daba muy buena sombra en verano, en donde, con cuatro piedras mi abuelo había hecho su lugar preferido para descansar, rumiando allí sus recuerdos y nostalgias, sus penas y alegrías, mientras oía pasar el agua. A mi hermana y a mí nos gustaba mucho sentarnos en aquel lugar, haciendo compañía al abuelo. Muchas veces se nos hacía de noche en aquel lugar. Mi hermana pintó muchos cuartelones de crímenes debajo de aquel fresno, siguiendo siempre las indicaciones del abuelo y también lo que yo mismo le enseñaba, según fuera un crimen u otro, una barbaridad u otra. Parecía mentira, que una niña, que no pasaba de los once años, se diera tanto arte en pintar aquellas grandes estampas, todas llenas de sangre, de cuerpos destrozados, de cuchillos, pistolas o hachas, de rostros asustados o descompuestos, presos del miedo o de la rabia. Yo me quedaba pasmado cuando veía su carita menuda, linda e inocente como la de una muñeca, inclinada y con los ojos bajos haciendo los dibujos que iban saliendo de entre sus manos, de los lápices y las tintas que utilizaba tan diestramente, dibujos de hombre locos de rabia, perdidos por la lujuria, la codicia o la deshonra, empuñando puñales o escopetas, dibujos de mujeres despatarradas y muertas en el suelo o con la cara desfigurada a fuerza de golpes o de navajazos. Y la sangre, siempre la sangre, llenándolo todo.

El Huéznar, don Federico, nacía en el pueblo de San Nicolás del Puerto en un lugar llamado el Venero, todo lleno de chopos y de álamos, y donde el agua brotaba de la tierra en borbollones claros y limpios. La ribera del Huéznar se hacía más imponente, más bravía, con sus torrenteras, sus hondos barrancos, sus pozas profundas y su retorcido cauce. Me parece recordar que en San Nicolás del Puerto había una iglesia muy blanca y muy airosa, en cuya torre solían anidar las cigüeñas, había también un antiguo puente de piedra, del tiempo de los romanos, que atravesaba el río Galindón, ahora hago memoria de que, en el pueblo de San Nicolás del Puerto, había un enorme bloque hecho de piedras llamado el Torrejón, que era lo que quedaba de un antiguo castillo moro, y que debajo de él se podía ver una galería...

Pues sí, don Federico, se me va el santo al cielo y pierdo el hilo, y no le acabo de contar de una vez la increíble y tremebunda historia del Crimen del Huéznar, que es de verdad lo que interesa.
Siguiendo con lo del Crimen del Huéznar, tengo ahora que decirle que, mi abuelo tenía mucha amistad con un tal Rufino Sanabria Escudero. Por lo que yo recuerdo, Rufino era un hombre muy serio y callado, muy seco y taciturno. Tenía muy poco trato con la gente, y a mí me parecía que estaba como amargado por algo, por alguna razón misteriosa que yo no me llegaba a explicar. Andaba siempre con la mirada honda y triste, más o menos casi como la de un perro, y estaría alrededor de los sesenta años. Según el abuelo, su amigo Rufino, era el mejor componedor de romances y de coplas que había en España, y más de una vez acudía a él para que le rematase alguno que se le atragantaba y no conseguía terminar. “Es el mejor, el mejor de su oficio” me decía el abuelo, “¿Y por qué no canta coplas por los pueblos?” le preguntaba yo, entonces; “por lo de Santa Olalla” me respondía el abuelo. Y yo le apremiaba para que me contara que fue lo que le pasó a Rufino en Santa Olalla, pero nada sacaba al abuelo, se ponía muy serio y solemne y repetía “no canta coplas por lo de Santa Olalla, y a callarse”. Y yo, claro está, me callaba.

Una tarde, a principio de la primavera del año seis, estábamos sentados el abuelo, Rufino y yo a la puerta del molino, debajo de una parra, disfrutando tranquilamente del fresco. Rufino fumaba debajo de la parra, feliz y ensimismado, y entonces el abuelo comenzó a sonreír y a dar con la contera de su garrote, muy despaciosamente en las baldosas y guijos que empedraban el suelo. Y entonces, empezaron los dos a cantar:
En la ribera del Huéznar,
la perla de la Comarca,
ocurrió este horrendo crimen
que al que lo cuenta le espanta.
El abuelo calló entonces y miró a Rufino, retándolo a que continuara. Rufino se puso serio, y una rápida sombra de inquietud y de miedo le rozó los ojos, pero cantó lo siguiente:
Allí, muy cerca del Huéznar,
donde el agua corre y salta,
se encontró una tarde el cuerpo
de una niña desventrada.
Y siguió el abuelo:
Era una niña graciosa
y muy bonita de cara,
muy querida por sus padres,
muy alegre y muy galana.
Y siguió después el molinero:
La encontró un vaquero viejo
que esas tierras frecuentaba
para abrevar su ganado
en aquellas limpias aguas....
Uno y otro iban inventado:
... dentro del túnel del tren
que del Cerro hacia Cazalla
lleva el mineral valioso
que de la tierra se arranca.

El vientre de aquella niña
abierto en canal de hallaba,
al aire los intestinos,
y de sus tiernas entrañas...

... el criminal había hecho
pasto para su vil saña,
pues deshonró a la criatura
poco antes de matarla.
Entonces pasó algo, yo esperaba que Rufino siguiera con el cantar del abuelo, pero no ocurrió nada de eso. El molinero guardó silencio durante un momento, lo miré y lo vi de pronto con los ojos cerrados, con la cabeza alta y la cara crispada, mismamente como si le doliera algo por dentro; Rufino empezó a cantar, con una voz ronca y como ausente, con una voz que no parecía la suya, y cantó de esta manera:
¡Y allí estaba la infeliz,
en lo oscuro de aquel túnel!
¡Y el nombre de su asesino
es....
Pero no tuvo tiempo de llegar a terminar la copla porque llegaron arrieros con mulos cargados de trigo, al escuchar las voces Rufino pegó un respingo y quedó de píe, como si hubiera despertado de un mal sueño.

Para entonces, el sol ya se había ocultado detrás de una nube negra. Me acuerdo de un nogal alto y frondoso, donde graznaban tres cuervos posados en una de sus ramas, y también me acuerdo, que se levantó de pronto un vientecillo fino y frío que susurró entre los árboles que bordeaban el Huéznar y que me caló en un momento todos los huesos, en un mal repelús que me dio de miedo.

Justamente un día después, mi hermana había ido a ayudar a mi madre en los trabajos de la casa, y yo me encontraba con el abuelo en su fresno, a poco más de cuatro pasos de él, junto a los juncos. El abuelo, debajo del árbol, empezó a dar golpecitos con la contera, tal vez rumiando algún romance nuevo. Entonces, de pronto, el vientecillo aquel, comenzó a agolparse sobre las ramas del fresno y empezó a hacer fresco. Los juncos temblaron un momento y el agua se rizó, y yo sentí un repentino calambre de frío que hizo que se me erizaran los pelillos del cogote, y la carne de los brazos se me puso como pellejo de gallina. Me aparté de la orilla del arroyo y miré al abuelo. Tenía la cabeza en dirección a la vereda que terminaba muy cerca de la puerta de nuestra casa. Estaba muy serio, como alarmado por algo. Su ojos ciegos miraban hacia allí, hacia el final del camino. Todo estaba en silencio: los pájaros habían dejado de cantar, y se acallaron todos los rumores del campo, el balido de las ovejas, el canto monótono y lejano del cuco, casi el murmullo del agua. Sólo se escuchaba el rebullir medroso del viento. Repentinamente, el sol se ocultó y empezaron a oírse pisadas... Y de pronto, me dije para mi sayo, “Faltan los cuervos, los cuervos graznando en las ramas del árbol”. Mientras me acercaba al abuelo, miré hacia arriba y entonces aparecieron tres cuervos de no sé donde, y se posaron en las ramas del fresno, justo encima del abuelo. Y comenzaron a graznar.

Las pisadas se oían cada vez más fuerte, a poco, pudimos ver a quien pertenecían: eran las pisadas de mi padre. Traía la cara seria y andaba cabizbajo, se acercó a nosotros y dijo “¡Padre, ya tiene usted crimen para otro de sus romances!” y continuó con una media sonrisa de repugnancia en los labios “¡Han encontrado hace un rato a la niña Isidora, la de la familia de Los Pintado, a la orilla del Huéznar, cerca del vado de las moreras, muerta la criaturita, con el vientre rajado y las tripas al aire!”

“Como en Santa Olalla. Más o menos lo mismo que en Santa Olalla” fue lo primero que dijo el abuelo, y lo dijo como rumiando, como si hablará para él solamente.

La niña Isidora era una chiquilla de unos ocho o nueve años, más bien fea y flacucha, muy negra de cara y más viva que el hambre. Apareció esa tarde, en la orilla de Huéznar, en el lugar que había indicado mi padre (y que, por cierto, no estaba muy lejos de mi casa), con el vientre rajado y las tripas al aire, justo al día siguiente de que estuviéramos con Rufino el molinero, cantando aquellas malditas coplas de manera tan inocente. La encontró un vaquero viejo, como la copla que cantó Rufino, tumbada de espalda con la cara serena y tranquila. El vientre rajado de arriba a abajo, y que por aquella raja ancha y espantosa, se veían los intestinos, una masa gris y azulada de gusanos gordos, por entre los que empezaban ya a bordonear algunos moscardones y a subir las hormigas en carrefileras. Al parecer la niña no tenía más heridas, ni daños, ni señales y, también, se corrió la voz por el pueblo de que la niña no había sido deshonrada y que el maldito asesino había huido respetando su pureza.

El abuelo, después de enterarse del crimen, estuvo cerca de tres días triste y meditabundo, sentado todo el tiempo en la cocina de la casa y estorbando a mi madre. Y sí, don Federico, yo también empecé a pensar y a estrujarme los sesos, y a echar cuentas y más cuentas para mi sayo. Y lo primero que pensé, fue que el abuelo no había dado una en el clavo con sus coplas, aquella tarde en el Molino de Rufino. No señor, no había dado una, salvo quizás al comienzo del romance, que había dicho que el crimen fue en la ribera del Huéznar, y dio a entender, que fue espantoso. Por lo demás no había acertado en nada, porque ni la niña Isidora era tan bonita de cara, ni de seguro tan querida por sus padres, como tampoco atinó el abuelo con el lugar donde la encontraron, y tampoco acertó al cantar que la niña había sido deshonrada... y después de todas estas cuentas y cavilaciones, me puse yo a pensar en Rufino y en las cosas que él cantó. Y bien pronto me apercibí que, si el abuelo no había atinado una, el Rufino con sus coplas lo había acertado todo, desde que la niña fue desventrada por el maldito asesino hasta que se la encontró un vaquero; aunque en algo no acertó ya que no se la encontraron en ningún túnel del tren, sino en la ribera, en la misma ribera del Huéznar... Y bien recuerdo la última copla, aquella que no pudo terminar...
¡Y allí estaba la infeliz,
en lo oscuro de aquel túnel!
Y el nombre de su asesino
es....
No, don Federico, aquello del túnel no me entraba en la mollera, le dí vueltas y más vueltas, y quebrándome los sesos y las entendederas, sin sacar nada de provecho, se me hacía de noche debajo del fresno.

A la mañana de los tres días de haber aparecido muerta la niña Isidora, me despertó el abuelo mas bien temprano y me dijo “¡Arriba Sebastianillo, que nos vamos a ver a Rufino!”. A mi derecha se removió mi hermana Lucía en su jergón y después continuó durmiendo.

A poco ya estábamos bordeando la ribera del Huéznar, camino del molino de Rufino. Cuando llegamos, lo primero que me chocó fue encontrarme a Rufino justamente en el mismo lugar donde estuvo sentado aquella tarde cuando lo del romance. Nos vio llegar y no se movió para saludarnos o para salirnos al encuentro. “Como en Santa Olalla, Rufino, como en Santa Olalla” le dijo el abuelo cuando se acercó a él, en un tono talmente como se da el pésame a las puertas de las iglesias. Rufino asintió despacio y cabizbajo.
“Rufino es menester que acabes la última copla, ya sabes a qué me refiero” dijo el abuelo entonces; pero Rufino seguía en silencio, sin apartar los ojos del suelo. “Acertaste en todo Rufino, en lo de la niña desventrada, y en lo de que aparecería con las tripas al aire, y también en que la encontró un vaquero. Y también acertaste en lo del túnel”
Yo apunto estuve de interrumpir al abuelo y decirle que en lo del túnel no acertó, pero en aquel mismo momento se me iluminaron las ideas; el tramo de la ribera donde apareció era uno de esos lugares donde los álamos, chopos, fresnos y demás árboles, que se crían en las dos orillas, terminan casi tocándose con sus copas de tan altos y espesos que son, formando una larga galería umbría y oscura, como un túnel.

Sentado bajo la parra del molino, miré otra vez a Rufino y le tuve miedo, sentí un miedo intenso y extraño hacía los poderes mágicos de aquel hombre pequeño, delgado y reservado, en apariencia tan humilde, tan poquita cosa, tan inofensivo. Me atreví a pensar confusamente, para mis adentros “¿Habían matado a la niña Isidora porque él lo dijo en el romance, o bien Rufino cantó el crimen porque, de todas formas, estaba de Dios que el crimen sucediera?” Muchas veces le he dado vueltas a estas ideas desde entonces, don Federico, pero nunca he podido sacar nada en claro.
“Tienes que terminar la copla, Rufino” le insistía el abuelo, y Rufino callaba y callaba, como desconcertado, agobiado por los requerimientos de su amigo. De pronto ya no pudo más, se irguió “No puedo, Sebastián, te juro por mis muertos que no hay manera de hacerlo” dijo con voz ronca, baja y temblorosa... “Lo he intentado desde que me enteré de lo sucedido, bien lo sabes, pero no hay manera. Y no creas que fueron los arrieros los que me interrumpieron el cantar, que no fue así. Si no terminé la copla fue..., fue porque...” El abuelo lo miraba con sus ojos ciegos y bizcos, sobando con inquietud el garrote “sigue, Rufino” dijo con suavidad. “No pude terminar la copla, Sebastián, porque no me salían las palabras, porque eran palabras raras. Palabras raras, ¿Me entiendes, Sebastián? Las del último verso” El abuelo asintió con la cabeza y Rufino continuó “Palabras raras y oscuras, Sebastián, que yo no acabo de poner en claro, que me confunden el entendimiento y el habla. Palabras.... como extranjeras. Eso es extranjeras. Y yo no sé hablar como hablan los extranjeros, bien lo sabes tú: Yo solamente sé hablar y cantar en cristiano. No puedo terminar la copla, Sebastián, que más quisiera yo, maldita sea. De verdad que no hay manera, de verdad que no puedo, por mis sagrados muertos te lo digo”.
Rufino se inclinó en el poyete y se tapó la cara con las manos, parecía a punto de llorar.

A la tarde siguiente, yo solucioné el crimen del Huéznar, don Federico, yo solo, sin ayuda de nadie y a la buena de Dios, estaba bajo el fresno, aquella tarde sin saber que hacer y harto de pensar en el crimen. Nada se sabía. Por la mañana, corrieron rumores sobre que la Guardia Civil había dado por fin con el criminal, don Federico, en la persona de un ingeniero o perito inglés del Cerro del hierro, de los que mandaban en la mina. Decían que aquel inglés tenía, como es natural, un nombre raro de su tierra, algo así como Jonathan Summer, o cosa parecida. Y después, llegaron otros rumores diciendo que el inglés solamente había prestado declaración en el cuartelillo, yéndose después de a su casa, tan campante. El inglés se salvó, don Federico, lo salvé yo aquella tarde. Nada tenía contra él, nada me había hecho, y lo salvé cuando me apercibí de que empezaba otra vez a remolinear aquel vientecillo ligero y frío. Y la copla, aquella copla sin terminar que había dejado en el aire, Rufino, aquella tarde, allá en el molino, se me vino de pronto a la cabeza.
Y la terminé, don Federico. Entonces terminé la copla.
Lo que canté se perdió poco a poco en las bocanadas tenues y medrosas del vientecillo aquel, leve y juguetón. Me puse de píe, tragué saliva, cerré los ojos y canté lo siguiente:
¡Y allí estaba la infeliz,
en las sombras de aquel túnel!
¡Y el nombre del asesino
es tío Juan el de los Lunes!
Las palabras encajaron a la perfección, don Federico, o así me lo pareció a mí.

Para agarrotar al tío Juan El de los Lunes tuvo que venir el verdugo de Madrid, ya que el verdugo de Sevilla se arrugó a última hora, por miedo a los poderes mágicos del tío Juan. Al tío Juan lo prendieron al día siguiente de que yo cantara esa copla. En el Juicio quedó probado por completo que había matado y desventrado a la niña Isidora con una navaja, para hacer práctica de sus inicuas magias. El tío Juan el de los Lunes negó siempre las acusaciones, y al conocer la sentencia se echó a llorar mismamente como si fuera un niño, gritando a grito pelado su inocencia.

Rufino Sanabria Escudero, el molinero amigo de mi abuelo, terminó ahorcándose en una rama baja de uno de los nogales de su molino.

En cuanto al abuelo, ya nunca volvió a ser el de antes, don Federico, nunca más nos fuimos a hacer el cordel por esos caminos de Dios, me acuerdo que comenzó a encerrarse en la habitación y que solamente acostumbraba a salir para comer. Yo, a veces, me arrimaba a la puerta de su cuarto y escuchaba el golpeteo machacón y pausado de su garrote y le escuchaba decir entre dientes “no me convence, no me convence”. El abuelo murió tres meses después del crimen del Huéznar, ya bien entrado el verano. En sus último días, comenzó a pedirme por las tardes que lo llevara al lugar donde habían encontrado a la niña Isidora, siempre llegábamos a aquel sitio a la hora del atardecer, era entonces cuando el abuelo decía que le volvía la vista de milagro, y que veía fantasmas, como figuras o sombras raras, raras y confusas. Me acuerdo, que una de aquellas tardes, el abuelo después de estar un rato sentado en una piedra, mirando con fijeza hacía los árboles, justo hacía el sitio exacto y cabal donde encontraron el cuerpo de la niña, pegó un respingo de pronto, y se incorporó como si lehubiera picado algún alacrán o alguna víbora de campo “¡Vámonos de aquí! ¡Por Dios, vámonos de aquí ahora mismo!”, fue lo único que dijo, y yo me fijé que su cara estaba espantada, como si hubiera visto fantasmas. Nada más llegar a nuestra casa, el abuelo se fue para su habitación, y allí tanteó en la vieja cómoda de seis cajones donde guardaba sus cosas, y después empezó a romper papeles y más papeles, pliegos y más pliegos de horrorosos crímenes, de bandidos célebres, de santos y de vírgenes, de famosos suicidas, de seres míticos y de animales fabulosos, hasta que no quedó ninguno. Y fue entonces cuando le dio el ataque. Murió aquella noche en su cama y en su casa. Me acuerdo que antes de morir me llamó y con un hilillo de voz me susurró: “Sebastianillo, perdóname, perdóname por todo el mal que os he hecho, a ti y a tu hermana Lucía, sobre todo a Lucía, porque ha sido sin mala intención, sin malicia ninguna”

En cuanto a mí, poco después entré en la imprenta de aprendiz, que era lo que yo de verdad quería. Me casé con Jacinta y fue entonces...

¡Pero usted dispense, don Federico, y qué sorpresa me tenía usted guardada! ¡Si están aquí el maestro Negrillo, saliendo de las sombras!¡Y más allá veo Rufino y al señor poeta y a mis amigos de la infancia! ¡Que sorpresa, don Federico, si están aquí mi padre y mi madre y también el abuelo! ¡Y Jacinta, tan guapa y todos los hijos que se nos murieron!
Y más allá, ¿A quién veo, quién viene también a saludarme? ¡Mi hermana Lucía! ¡Mi hermana Lucía saliendo de las sombras y acercándose! ¿Qué lleva en alto, en la mano izquierda? ¡Ah, es un cartelón de aquellos que pintaba con tanto arte para los romances del abuelo! “¡Mira Sebastián!” va diciendo mi hermanilla Lucía “¡Mira que bien he pintado en el cartelón a la niña Eufrasia, la que deshonraron en Azuaga, y después le abrieron el vientre! ¡Mira que bien me han salido los intestinos, Sebastián, que parecen de verdad! ¿Sabes como he aprendido? No te lo digo, que es un secreto” Sí me muestra el cartelón en su mano izquierda, pero ¿Qué lleva en la mano derecha, eso que brilla? ¡Ah, es la navajita que tenía mi hermana Lucía para afilar los lápices! La navajita, un poco sucia, un poco manchada de rojo, seguramente por las tintas y los colorines que mi hermanilla gastaba para pintar los cuartelones, con tanto talento y arte.

Y a poco, entre esas sombras, me va llegando también el rumor lejano de un agua que conozco, y el susurro del viento, y el verde de los árboles...

 

 

 

 

 

“Sebastián Cumbreño Ballesteros, oficial impresor jubilado, de setenta y siete años de edad, murió aproximadamente a las once de la noche del pasado lunes, día once de julio de los corrientes, mientras descansaba y veía la televisión en el salón recreativo de este centro geriátrico. Según el correspondiente certificado médico, su muerte fue debida a causas naturales.
El cadáver fue hallado por la celadora de este establecimiento Dª Montserrat Castell Teixidor, quien se personó en el salón recreativo al advertir la tardanza del Sr. Cumbreño Ballesteros en retirarse a su habitación para dormir. El cuerpo se hallaba en una hamaca de descanso, con las piernas tapadas por una manta ordinaria y la cabeza orientada hacia el receptor de la televisión, en donde se ofrecía el popular programa Esta es su vida, por Federico Gallo, que era el preferido del Sr. Cumbreño.
El finado fue internado en este centro poco después de su jubilación, a instancias de su hermana, la famosa pintora Lucía Cumbreño Ballesteros, más conocida en el mundo del arte como Lucy Clooner fue la creadora del polémico movimiento pictórico que se ha dado en llamar hiperrealismo siniestro, y por lo que ha pasado a la historia del arte de este siglo.
Se ha dado aviso a los familiares”

 

 

AUTOR: Manuel Sánchez Chamorro

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